Retrato de La Rioja

Arquitectos del pan artesano

Clara Pérez. 31 años. Poyales y Arnedo. Arquitecta y panadera artesana

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

Todo es bucólico en torno al viaje a Poyales: una carretera angosta que serpentea, un paisaje casi invernal, la sensación de estar bastante más alejado de Logroño que los casi noventa kilómetros que indica el cuentakilómetros, la lluvia convertida en ligeros copos de nieve, los dorados del otoño coloreando el lugar… y nada más llegar: ‘El Rincón de los poetas’, como indica un rótulo tallado en madera.

Comienza un retrato muy especial, un retrato casi doble, el de Clara Pérez (Arnedo, 31 años) y su padre Pedro (Arnedo, 60 años). El de su obra de arte: la panadería Artepania. El de una sorpresa difícil de igualar por lo original del lugar, por la personalidad de los protagonistas, por la calidad de los productos que elaboran…

Entre calles desiguales y viviendas de piedra, en lo alto de la localidad que pertenece a Enciso, se llega hasta el obrador de Artepania. “Estábamos esperando para darles forma a los distintos panes y meterlos al horno”, dicen Pedro y Clara, quienes elaboran once tipos de pan, además de varios dulces, galletas…

Se agradece el calorcito, la nieve ha sido el himno de bienvenida para NueveCuatroUno. Enseguida Pedro va preparando cada pieza, Clara hace lo propio con bandejas de magdalenas. Después toca poner a punto el horno de leña, que está en la sala contigua. De esto se encarga Pedro, con su linterna frontal para alumbrar el interior: lleva tres horas calentándose con la madera para que alcance los 400 grados y ahora es momento de sacar las ascuas y limpiarlo.

“Calculamos que el horno tendrá unos 200 años, porque la casa es de 1800, aproximadamente, y está hecho de teja, algo poco frecuente posteriormente”

“Es un horno muy auténtico, calculamos que tendrá unos 200 años, porque la casa es de 1800, aproximadamente, y está hecho de teja, algo poco frecuente posteriormente. Yo lo recuperé tal como era”, explica Pedro dando pistas de sus habilidades…

El proceso de introducir las piezas en el horno para que se cuezan debe ser rápido, para aprovechar el calor en su máximo esplendor. “Esto no es una máquina, por eso hay que estar atentos y no perder el tiempo”, reconoce este arnedano, simpático, con su original pañuelo protector en la cabeza.

Mientras, Clara indica cómo poner las cosas, y va haciendo marcas y cortes en las masas. Parecen sin intención, pero todo está meditado. “Dependiendo de cómo quiera que rompa el pan lo hago de una forma u otra: más ladeados, más profundos, más centrados, etc. También me sirve para distinguir los distintos tipos de pan”, indica la joven.

A partir de ahí 45 minutos de espera para ver los panes listos. Y volvemos a hablar de sus vidas, porque resulta cuando menos curioso, por no decir que increíble, que en este remoto lugar de La Rioja, Poyales, haya un horno de esta naturaleza, se elaboren productos artesanos y ecológicos de primera calidad, y se provea a tiendas de Logroño, a restaurantes de caché, incluso se venda por internet en su web de Artepania.

Así que empezamos desde el principio para tratar de entenderlo. “Llegué a Poyales hará unos 16 años; vivíamos en Arnedo, yo trabajaba en una empresa de calzado, pero cerró y me puse de albañil. Entonces vine por aquí, que estaba prácticamente abandonado, solo había una pareja de mayores, y comencé a recuperar casas”, relata Pedro. Cuando Clara ya se fue a estudiar la carrera sus padres (Pedro y Cristina) se instalaron definitivamente en Poyales, donde además tienen dos casas rurales.

“Estudié Arquitectura, quería aportar mi granito de arena para hacer un mundo mejor. Estuve viviendo y trabajando en Suiza”

Y así transcurría su vida, con Cristina trabajando en Arnedo y Pedro de albañil por la zona, hasta que Clara dio un giro. “Estudié Arquitectura, quería aportar mi granito de arena para hacer un mundo mejor. Estuve viviendo y trabajando en Suiza, en un estudio. Pero me volví: era mucho papeleo y burocracia, poco que ver con mi idea inicial”, cuenta Clara.

¿Y qué hacer entonces? Cristina, su madre, intrépida autodidacta, sabía hacer pan y se lo enseñó a su hija. Y con esa anécdota y contando con el horno de leña recuperado por su padre, Clara comenzó a formarse en la materia para concebir su proyecto: Artepania. Hizo cursos en la prestigiosa escuela suiza de Richemont y continuamente está profundizando en nuevas técnicas, en estudiar los productos, que en su caso son todos ecológicos, en hacer catas, en buscar el punto exacto de cada elemento, utilizar masas madre, etc.

Del inicio de Artepania hace ya dos años, pero en la empresa no está sola, su padre ha dejado mayormente la albañilería y la restauración y se dedica principalmente a la panadería. Él es el que más madruga y amasa, vive en Poyales; Clara reside en Arnedo desde donde se desplaza a diario. “A mí me gusta más ser albañil, pero… es lo que toca”, cuenta Pedro mientras mira de reojo a su hija.

Está claro que son bastante diferentes… “¿Sois un poco como Pimpinela, no?”, nos atrevemos a decir.  “Efectivamente”, ríen. Clara es muy profesional, con ansias de mejorar la técnica, precisa en sus indicaciones, inquieta, concienciada con la alimentación saludable; su padre tiene un alma más anárquica, se mueve por sensaciones.

“La masa hay que sentirla, transmitirle buena energía, moverla con entusiasmo; eso se nota al final”, cuenta Pedro. Clara lo mira con una sonrisa escéptica. “Ya, pero las medidas son las medidas…”, recalca. Entre ambos se genera el equilibrio necesario para mantener Artepania, se enriquecen mutuamente.

“El invierno pasado, con las nevadas, estuvimos 15 días bajando el pan en trineo hasta donde llegaba el quitanieves. Ahora me río pero fue muy duro”.

Aunque el relato es coherente y abogan por lo auténtico, llevándolo a la práctica, queda una sensación en el aire. ¿No es todo demasiado laborioso en su día a día? “Sí, lo es, empezando por la forma artesanal de elaborar la masa, con masas madre, el horno de leña y por estar en Poyales; de hecho, algunos proveedores no suben hasta arriba cuando hace malo. Sin ir más lejos, el invierno pasado, con las nevadas, estuvimos 15 días bajando el pan en trineo hasta donde llegaba la quitanieves y se podía circular y cargar la furgoneta. Ahora me río, pero fue muy duro”, reconoce Clara.

Por ello, ¿se ve ahí en el futuro? “De momento estoy aquí, es un trabajo que me encanta, llegué de refilón. Jamás pensé que sería panadera artesana, pero ahora no lo cambiaría: cojo un producto indigestible y lo hago digerible. Aporto mi granito de arena, que es lo que siempre he pretendido. No quiero mirar a largo plazo”, asegura Clara. No le haremos pensar; nosotras tampoco estamos para mucha reflexión, el magnífico olor a pan recién hecho y a magdalenas de chocolate nos nubla la mente. Toca comprobar y cerciorarnos de que ni la vista, ni el olfato traicionan al gusto. Y no, no lo traicionan.

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