El Rioja

Hoy vendimiamos… un 100 puntos Parker con Benjamín Romeo

La Sonsierra riojana es el territorio de Benjamín Romeo. Y su objetivo conseguir la esencia del tempranillo de San Vicente

Última semana de vendimias, no son muchos los viñedos que quedan sin cosechar. Los de las zonas más frías de la DOCa, algunos de las variedades más tardías y unos pocos que esperan el momento exacto de recogida en busca de la perfección. Benjamín Romeo anda en este selecto grupo, pateando el campo, yendo viña por viña para decidir el ‘Día D’ en el que sus tempranillos de la Sonsierra den lo mejor de sí y conseguir vinos como Contador.

«Busco la esencia del tempranillo de mi pueblo», me cuenta Benjamín, «quiero extraer lo mejor que la zona de San Vicente pueda darme. Es lo que quiero y es lo que le pido a mis viñas. Pero para exigirles todo quede claro que yo les doy todo: cuidado, mimo, horas y horas de trabajo en primavera y en verano, cuando nadie te ve.  Ahora en octubre lo que intento es elegir el día perfecto para vendimiarlas y que sus uvas lleguen a bodega pletóricas”.

Y es que en esta bodega de San Vicente se hace buena la frase que afirma que “sólo tienen derecho a la existencia las palabras que son mejores que el silencio”, que en el lenguaje de este peculiar bodeguero puede traducirse como que en Contador únicamente entran las uvas que se destaquen de las demás. Cada año hay que intentar hacer un vino mejor que el de la cosecha anterior.

Lo que no siempre resulta sencillo en un hombre que lleva en su bagaje dos “100 puntos Parker”. Aquellas puntuaciones máximas que en las añadas 2004 y 2005 tuvieron el mismo efecto que un terremoto 7,5 en la escala de Richter en la DOCa, un auténtico seísmo que demostró hasta dónde era capaz de llegar Rioja si se la trataba como merecía.

Cuida el viñedo, mímalo. Luego te lo compensará

“En Contador no hay secretos”, apunta con convicción el de San Vicente mientras vamos a una de sus viñas más queridas. “Si hubiera uno sería el de tener la suerte de que esas parcelas son mías, por lo demás hay que cuidarlas al extremo y dejarlas hacer. Bosque, La Rad, Bombón, Cerezo… ¡Soy un privilegiado! Lo primero que tienen son suelos muy pobres, lo que hace que entre la privación del terreno y la edad del viñedo se produzca una autorregulación que lleva al milagro. Producción mínima, casi ridícula que en ocasiones no llega ni al medio kilo por cepa, lo que te da máxima expresión y concentración”. A Benjamín lo de rendimientos máximos le suena a chino, ni 1.000 kilos por hectárea.

El proceso de elaboración es para toda la uva el mismo. Cultivo de la vid muy tradicional, cuidadoso con el suelo, con el medio ambiente, nada de sustancias químicas, los abonados son con materia orgánica de primera, “todo lleva su trabajo, para los abonos me subo a Cameros y me mancho las botas en los corrales de aquellos pueblos buscando lo que quiero para mis viñas”.
A partir de ahí, todo igual. “No te niego que para Contador no haya una selección más minuciosa, que se va más despacio, pero el método es el mismo para todos mis vinos. Tiro mucha uva y, para la que llega a bodega, tengo dos mesas de selección, primera de racimos y segunda selección grano a grano. Van muy despacio porque ésa es mi clave de bóveda, que no haya prisas, que todo se haga con la precisión de un cirujano”.

Vendimia en cajas de 12 kilos y la uva llega a bodega en 45 minutos máximo. “Selección y encubado al momento, para que la uva no esté en campo, no se aplaste, no se oxide, no tenga en definitiva, ningún tipo de alteración. El equilibrio entre equipo de campo y equipo de bodega marca la diferencia en mi casa”. Algo necesario para lograr la perfección de la que presume Contador, un equipo de iguales en el que el objetivo final marca la diferencia.


La historia de Bodega Contador comienza en 1995. Echamos la vista atrás y vemos a un joven enólogo y viticultor, de nombre Benjamín Romeo, que adquiere “como buenamente puede” una cueva centenaria bajo el castillo de San Vicente de la Sonsierra. En su cabeza bullen ideas, diferentes formas de enfocar un negocio algo inmovilista y que moría de éxito sin demasiadas ganas de evolucionar. Pasan los meses y en 1996 elabora la primera cosecha de su Cueva del Contador y empieza a comprar pequeñas viñas por la zona, verdaderas joyas en el corazón de la Sonsierra. Pasan los años y en 1999 nace el primer Contador.

Lo vemos, al mismo tiempo, junto a Juan Carlos López de la Calle, en otro proyecto de nivel, con quien trabajó durante 15 años. Fue allí donde aprendió a leer la viña, a conocer los tiempos del vino; a idear, en definitiva, el proyecto que en 2008 lo llevó a volver definitivamente a sus raíces y dar forma al sueño: Bodegas Contador. Dos fechas, 1995 y 2008, marcadas a fuego en la vida de Benjamín.

“Hay una cierta sensación de que han tardado demasiado tiempo en salir chavales nuevos”, admite, “pero veo enólogos jóvenes con ganas de seguir cambiando Rioja y evolucionando este concepto hacia mejor, aunque es difícil porque es un negocio muy caro. Yo empecé porque mis padres me apoyaron al cien por cien y me cedieron sus viñas, su casa para tener un garaje. Pero ojo, sin mis padres igual no hubiera podido. Comencé de cero, pero mi padre igual. Tras toda una vida de esfuerzo consiguió sus 10 hectáreas”. Siempre digo lo mismo y no me importa repetirlo, todo mi respeto a esa generación que situó a nuestra tierra donde está. A nosotros nos toca mantenerla y, en la medida de lo posible, auparla a mejor.

Pero sigamos con aquel Benjamín de los comienzos: “Cuando empecé lo hice con cabeza, poco a poco y teniendo claros los objetivos, eso es fundamental, saber lo que quieres y no moverte de ahí. Hay que ser valiente y confiar en ti. Ojo, yo estuve primero 15 años trabajando en una bodega, haciendo dinero y ampliando conocimientos. En Artadi mi primera cosecha fue en 1986 y la última en 2000. Y en 2001 ya había arrancado haciendo microvinificaciones. Los objetivos deben ir según puedas: si consigues comprar una viña, ahorrar para invertir, un garajico…”.

“El tema es complicado, pero no es imposible. El primer año recuerdo que hice cuatro barricas, el segundo ocho. En el banco se reían de mí cuando hablaba de mis números y de lo que pedía”. Eran otros tiempos, pero no deja de ser el camino que todo enólogo debe recorrer. No conozco a ninguno que hable con desapego de sus primeros tiempos, aunque se llevara algún batacazo del que, si fue listo, tomó nota.


Contador es un proyecto muy personal

El proyecto de Contador nació porque cuando empezó en Laguardia ya veía “su” vino de “su” pueblo: para ello necesitaba lo máximo de libertad, solo, sin presión, ni socios ni números a cuadrar. Contador nació como un proyecto muy personal. “Yo pienso: cada vez que concibo un vino, ¿qué es lo que quiero? Como busco la máxima complejidad de mi tierra, debo ir a coger un poco de cada lugar, de cada suelo, de cada altitud, de cada orientación, para que me dé lo máximo. Todo lo uno y consigo lo máximo”.

“Otra cosa es que tenga vinos de finca y ahí busque otra cosa, pero Contador es un vino de ensamblaje porque lo que quiero es la máxima expresión del tempranillo. Durante los últimos años ha sido solo tempranillo, otros con pequeños porcentajes de graciano. Este año todavía no está decidido, pero si considero que para equilibrar más el vino a nivel de pH, acidez o madurez, lo haré porque todas las viñas las vinifico por separado. El ensamblaje y sus porcentajes dependen de lo que cada año me da la tierra”.

Benjamín Romeo ante sus viñas de la Sonsierra.

Pero busca más. Veo a este hombre, bodeguero top, de vuelta de muchas cosas, “¿te puedes creer Fernando que quiero sacar mi maceración carbónica cuanto antes y ya me están poniendo pegas? ¿Sabrán más que yo de mis vinos y todavía no me he enterado?”, ríe Benjamín con un deje de decepción. Pero se le pasa rápido cuando me habla de su nuevo proyecto: “Tenemos que aprovechar el cambio climático, adelantarnos. Mi ilusión es el Llano de la Madera, unos terrenos a 750 metros que he comprado para hacer un proyecto partiendo de cero”.

“La idea nace de una parcela de veintitantas hectáreas que está virgen, y ahí quiero plantarlo yo y evolucionar la masa de la cepa. Respetar el terreno original y hacer parcelas mínimas. Hacer catas de tierras y luego decidir el portainjerto y la variedad que vamos a meter en cada zona. Tempranillos y blancos. Aquí nunca ha habido cultivos porque al estar a 750 metros no maduraba la viña, pero ni siquiera el cereal. Es tierra muy pobre, mucho mineral, mucha piedra caliza. Querría plantar respetando hasta la última encina y el último pino, y hacer parcelas dependiendo de suelo y orientaciones. Mi idea va hacia un vino más natural, pero ahora no dan ningún tipo de plantación nueva y estoy en fase de analítica de la tierra y parcelamiento del terreno. Luego vendrá la posibilidad de plantarlo en un proyecto en el que me gustaría que se involucrara el Gobierno de La Rioja y la Universidad”.

“No sé… me gustaría que se involucrara más gente. El terreno es una joya, no hay nada alrededor y lleva décadas sin ningún tipo de cultivo, es un espacio único e irrepetible. Algo desconocido en Rioja, ¡y está en mi pueblo, en San Vicente!”. Lo vi con él y comparto lo dicho, resulta ilusionante, emocionante y bellísimo. La idea es genial y sólo necesita un pequeño empujón, ¿vendrán las trabas? Espero y deseo que no. Pero el Llano de la Madera es un tema que se merece un reportaje con mayor profundidad que queda para más adelante.

Tomando un vino al final de la mañana en su bar de San Vicente, un coqueto espacio donde oferta los tintos y blancos que elabora, Juanjo Santos, “su prolongación en la bodega”, me resume la filosofía de Benjamín: “Para él la revolución empieza en la viña. Siempre tiene en la boca lo de cuídala, mímala, luego se lo agradecerás. La auténtica revolución está en elaborar como lo hacían los abuelos, poca máquina y mucha mano, siempre con gran respeto a ese gran señor que es el vino. Sencillez y trabajo fino es la clave. Benjamín es un amante de su tierra y de su vino, que además ve posibilidades donde otros no las llegan a ver. Llevo muchos años aprendiendo cosas de él y con él, y siempre lo veo maquinando, porque esa cabeza no para de crear.”

Y es cierto. En su territorio, que no es otro que San Vicente, este hombre ha erigido un pequeño reino vitivinícola que no conoce otro lenguaje que el de la excelencia. Es la misión que lleva grabada a fuego en su mente, hacer grande el tempranillo de esta zona única que es la Sonsierra riojana, extraer de esa gran uva la esencia. Y a ello se dedica día y noche. Para nuestro disfrute y nuestra dicha, todo hay que decirlo.

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