Retrato de La Rioja

El ‘arreaovejas’ que quiere poner un dron en su vida

Diego Díez ‘Gorrilla’. Anguiano. 38 años. Pastor.

“¿Te acuerdas del programa de Jesús Vázquez ‘Hablando se entiende la basca’? Pues allí salí yo, un día que hablaron de gente que vivía en lugares de altura. Por aquel entonces en Anguiano casi no sabíamos qué era Telecinco porque no se sintonizaba”. No sabía dónde se metía, no sabía casi qué era eso de Telecinco, pero Diego Díez (1980, Anguiano), al que todo el mundo conoce como ‘Gorrilla’, se fue a Madrid a hablar de cómo era vivir en un pueblo de la sierra riojana.

FOTOGRAFÍAS DE CLARA LARREA

Casi 25 años después de aquello Anguiano sigue siendo el centro sobre el que gira todo para Gorrilla. “¿Dónde mejor que aquí?”, repite varias veces mientras mira fijamente a los ojos. Es un convencido de su modo de vida: tiene un rebaño de casi 800 ovejas y habita en su pueblo, como toda la vida. Pero siempre no ha sido esta su ocupación: “Soy un ganadero reciclado; llevo seis años en esto, antes estaba en el mundo de la construcción, era yesero, como mi padre”.

“Me gustaría que mi abuelo viera todas las que tengo ahora, aunque estoy contento de que, al menos, se fue sabiendo que tenía ovejas, como él.”

Pero la crisis y los problemas de salud de su padre le arrastraron a buscar otro trabajo. “Mi madre me decía: ‘vete a la fábrica’ (a Garnica, en Baños de río Tobía), pero yo ahí no me veía encerrado. ¿Me ves tú ahí?”, pregunta riendo. Le gusta el diálogo y el vacile, en general, con los que se encuentra en el bar, con los que se cruza por la calle, con las dos acompañantes de NueveCuatroUno que se han acercado una mañana de otoño hasta Anguiano para ver cómo es un día en su jornada.

Y entonces, hace casi seis primaveras, decidió recuperar la actividad que practicaba su abuelo Pepe, de quien ha heredado también el apodo de ‘Gorrilla’. “Me gustaría que viera todas las que tengo ahora, aunque estoy contento de que al menos se fue sabiendo que tenía ovejas, como él, si bien fue al principio, cuando tenía unas 120”, relata con un punto de emotividad.

Así se lanzó a criar ovejas, sin experiencia, pero con ganas de ser su propio dueño y de la libertad que ofrece esta actividad. “¡Qué voy a saber de ovejas! No sabía casi nada. Ahora las curo si tienen heridas o luxaciones, me atrevo con partos, con la ayuda de mi madre, claro, que es fundamental en mi vida, e incluso hago de cirujano cosiendo a algunos animales… Es cuestión de ponerle interés”, admite al mismo tiempo que está pendiente de absolutamente todo.

Se conoce el modus operandi no solo de sus animales, también de la colonia de buitres que sobrevuela el paraje de Miraflores; incluso se atreve a ponerles el cebo de una desdichada oveja para que NueveCuatroUno vea en directo el ciclo de la vida en plena naturaleza. Pero… “Nos han dado plantón, qué ca…”, repite mientras conduce con habilidad su Ford Pick Up azul metálico.

Detrás van asomados sus dos fieles perros Pirata y Flecha, sobre todo Pirata que se va de lado a lado sacando medio cuerpo para otear todo, como su amo. Y es que Gorrilla se sabe hasta los baches de las sendas y cuando se adentra en el bosque le da tiempo, mientras que habla, de tener controladas hasta las setas que crecen en los laterales del camino.

Tras hacer una breve visita al corral de piedra donde comenzó (hoy tiene un pabellón preparado para los partos y demás atenciones) es hora de ir a ‘pastorear’ y ver el grueso de su rebaño, unas 650 cabezas. “A ver si no se han subido”, farfulla entre dientes mientras que coge los prismáticos que van colgados del asiento del copiloto y comprueba dónde está su ganado.

“Superviso dónde están, voy a verlas, también las controlo con el GPS que lleva una de ellas, las curo, les ayudo si se han quedado perdidas o caídas… Pero no pastoreo”

Cuesta tiempo y esfuerzo pero finalmente consigue el propósito: presentarnos a su rebaño. Es el hayedo de ‘La olla’, un entorno fascinante, nada parecido al pastoreo que habitualmente se imagina uno. “Más que pastor suelo denominarme ‘arreaovejas’, pastor son palabras mayores todavía: primero porque el pastor saca todo el día a los animales desde el corral y los maneja y yo no llego a eso. Superviso dónde están, voy a verlas, también las controlo con el GPS que lleva una de ellas, las curo, les ayudo si se han quedado perdidas o caídas… Pero no pastoreo”, cuenta con Pirata y Flecha en plena faena, así como su grupo de mastines que habitan por los montes junto a las ovejas. “En la sierra ‘echar ovejas’ es diferente que en el valle; es esclavo pero mucho menos que más abajo, aquí las dejo todo el día sueltas, no las llevo al pabellón mas que para curarlas o en la época de cría”, explica.

E incluso adelanta cuáles son sus intenciones: “Me quiero comprar un dron para tenerlas controladas, ya casi tengo convencida a la familia. Verás tú cuando tenga el dron, ¡qué gozada!”, asegura con cara de entusiasmo.

Es la vida del ganadero del siglo XXI: aprovechar la tecnología y los medios para facilitar sus tareas. Evolución se llama. “Cuando empecé apenas había ya ganaderos/pastores en Anguiano. Ahora son cuatro-cinco jóvenes y de mediana edad, unos con vacas, alguno más con rebaño…”, indica. ¿Es rentable entonces? “Bueno, se puede vivir. Ahora que si fuera solo con lo que te pagan por cordero la cosa estaría complicada. Es rentable por las ayudas de la PAC”, admite Gorrilla.

Se le ve sin pelos en la lengua y muy activo. Como buen lugareño de Anguiano fue danzador durante más de 15 años, es algo casi inherente a los muchachos de la localidad, y Gorrilla comenzó muy joven. No es un vacile: un vídeo de YouTube lo demuestra. Con una estampa de niño de apenas 14 años sale en un reportaje televisivo.

Es parte de su carácter lanzado y autodidacta. Como con la aventura del rebaño; como con la incursión en la afición del tallado de la madera en boj que practica en las horas de espera de las ovejas o el tiro con tirachinas, otra de sus aficiones junto con la lectura. Precisamente reconoce que le espera por ser leído ‘El embrujo de Shanghai’, de Juan Marsé. Pero no hay prisa, lo leerá, porque para casi nada hay prisa en su vida, donde no cabe el estrés. “No entiendo otra forma mejor de vivir. Así que si me preguntas si me veo de ‘arreaovejas’ toda la vida, te digo: sí”. No hay mucho más que decir, ah… Que las alubias de Anguiano con las que terminó la experiencia estaban para chuparse los dedos.

Subir