El Sereno

La subida al Monte Cantabria, una obligación para todos los logroñeses

Del mismo modo que la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida es una obligación para todo buen musulmán, la ascensión al monte Cantabria debería serlo también para todo logroñés que se precie de serlo. Todos los que tenemos la suerte de vivir en la capital de La Rioja lo conocemos. Lleva ahí toda la vida, observándonos desde el otro lado del Ebro con sus grandes ojos que alguno dice que son cuevas prehistóricas…

Casi todo el mundo, cuando le preguntas, te dice que sí, que estuvo una vez de pequeño, que le llevaron sus padres… mentira cochina. La verdad es que la gran mayoría de los logroñeses jamás se ha acercado por esos lares. Quizás de haber habido en su cumbre alguna figura religiosa, algún vestigio del pasado cristiano de esta tierra hubiera forzado una peregrinación al lugar. De todos es sabido que unas simples ruinas celtíberas prerrománicas del siglo IV antes de Cristo no llaman la atención de nadie. De hecho esa época no creo ni que se estudie en la LOMCE.

Desde estas líneas quiero promover un movimiento ciudadano para convertir este paseo en algo habitual para cualquier logroñés. Quizás de esta manera, las autoridades, esas que votamos cada cuatro años por que nos prometen y luego no cumplen, se plantearían de una vez por todas recuperar un estupendo paraje para la ciudad. Partimos de las traseras del cementerio, una vez cruzado nuestro emblemático Puente de Piedra. Puerta de entrada a los peregrinos del Camino de Santiago, en sus primeras rampas nos encontraremos con María, que sigue la tradición de su madre Felisa de sellar la credencial de los peregrinos y de obsequiarles con higos cuando es la época. Su gran perro nos ladrará a la subida como un loco, pero pasará de nosotros al bajar. No está acostumbrado a ver gente en dirección al monte.

Poco después, una vez superada la primera y más puñetera rampa, la última edificación visible en varios kilómetros nos indicará que, justo enfrente, y rodeado de viñedos, está el camino que lleva a la cumbre. Nada más tomarlo, giraremos inconscientemente la cabeza a la derecha, y nos sorprenderá el ver la inmensidad del todo Logroño sin apenas necesidad de moverla. La dureza de las primeras rampas habrá merecido la pena. Pero ya casi no queda nada hasta la cima.

Desde ahí, poco más de un kilómetro de ascensión hasta llegar al punto más alto de la ciudad. Y la posible penuria del cansancio por las cuestas se suple con las fantásticas vistas con que nos obsequia el paraje. La fabulosa excusa de parar para hacer unas fotos nos viene muy bien para recuperar el fuelle perdido por el camino. Y es que desde el mismo cruce hasta lo alto del monte, no te faltarán ganas de inmortalizar el momento.

Una vez arriba, deberemos abstraernos de lo que puede ser y no es del lugar. Porque no es momento de hacer mala leche. Has llegado a lo más alto, vas a disfrutar de unas vistas insuperables, olvídate por un momento del absoluto deterioro y abandono que sufre tan estupendo entorno. Ve hasta el borde del precipicio, y mira a tu alrededor. Seguro que te viene a la cabeza aquella canción de Loquillo que decía aquello de «a mis pies mi ciudad».

Saca el móvil, pon la cámara en modo panorámico, e inmortaliza el momento. Verás tu ciudad como jamás lo habrás hecho.

Y, lo mejor de todo: volver es todo el rato cuesta abajo.

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