Semana Santa

Con la mirada puesta en el cielo y los pies clavados sobre la tierra

Ya es público y notorio. La Semana Santa está a la vuelta de la esquina y el tradicional llamamiento a vivirla desde el fervor, la pasión y la fe se ha promulgado como mandan los cánones. La periodista Ana Orúe ha sido la encargada de dar voz a un sentimiento compartido por el universo cofrade de Logroño.

Acaba la Cuaresma y se aproximan siete días tan intensos como fugaces, en los que las cofradías de la capital riojana ponen sobre las calles lo mejor de sí mismas en una representación pública de fe. A eso, a la fe, ha llamado precisamente la pregonera de la Semana Santa 2017. Y lo ha hecho a modo de crónica. La crónica de la historia más grande jamás contada y cuyo relato se extiende más allá de los milenios.

Ana Orúe ha reivindicado la defensa de los símbolos religiosos, pero al mismo tiempo ha llamado a «revisar los cimientos» en busca de la esencia de la fe cristiana. La directora de la Cadena COPE en La Rioja no ha escatimado en referencias a la actualidad para deslizar que los milagros y los pecados del día de hoy no difieren en exceso de los que encontró Jesús al entrar en Jerusalén para acabar muriendo en la cruz.

Los paralelismos entre el acoso que sufren quienes abrazan la fe cristiana en contra del oficialismo y el éxodo al que se ven sometidos los refugiados han marcado un pregón en el que Orúe ha abierto su corazón defendiendo la fe cristiana, su fervor por la Virgen de la Esperanza y la devoción por sus seres queridos.

TEXTO ÍNTREGO DEL PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE LOGROÑO 2017

«Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo de nuestra Diócesis, Excelentísimo Señor Presidente del Gobierno de La Rioja, excelentísimas e ilustrísimas Autoridades, Hermano Mayor y miembros de la Hermandad de Cofradías de la Pasión de la ciudad de Logroño, queridos cofrades, señoras y señores, muy buenas tardes a todos.

Como se imaginarán, es un honor para mí acompañarles esta tarde, en esta Iglesia de Santiago el Real de Logroño. Un lugar muy especial para mí, porque aquí se casaron mis abuelos y mis padres y fui bautizada hace 41 años. Mi vida está muy ligada de  siempre a esta Iglesia y sobre todo a nuestra madre: la Virgen de la Esperanza. 

Y estoy especialmente emocionada y feliz porque aquí en su templo, junto a ella y bajo su protección, vengo a anunciarles esta tarde que algo importantísimo va a ocurrir en los próximos días en la ciudad de Logroño. Como periodista que soy les aseguro que la noticia que voy a contarles no va a dejar a nadie indiferente. Traigo bajo mi humilde punto de vista, la mejor exclusiva de la historia, la que narra el acontecimiento que lo cambió todo y nos cambió a todos. El acto de amor más grande que jamás se haya visto y vivido.

Les confieso que cuando recibí la llamada del Prior de la Hermandad,  mi amigo Don Fermín Labarga hace ya unas cuantas semanas en la que me proponía que fuera la Pregonera de la semana santa de Logroño este año, sentí una enorme gratitud por una parte pero también la responsabilidad de quien sabe que lo que vengo a contarles tiene como protagonista al hombre que se entregó por todos y cada uno de nosotros.

Quisiera aprovechar también para manifestar mi más profundo respeto a quienes me han precedido en este acto de exaltación de la semana santa. Una lista a la que me siento enormemente orgullosa de pertenecer.

La verdad es que la Semana Santa siempre me ha inquietado y desde que era muy niña despierta en mí sentimientos extremos y muchas veces muy encontrados. No sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, pero a mí todos los años por estas fechas me acechan las mismas preguntas. Cómo es posible que todo esto ocurriera, cómo puede ser que dejáramos morir a Jesús en la cruz y luego resucitara, cómo pudo Dios perdonarnos y, sobre todo, cómo es posible que tantos años después sigamos crucificando a tantos inocentes y seamos incapaces de perdonar a quienes se supone que amamos. Un año más, trataré de responderme, estos días, a tantos interrogantes.

Me gustaría dirigir mis primeras palabras a quienes formáis la Hermandad de Cofradías de la Pasión de la Ciudad de Logroño y a todos los miembros de todas y cada una de las once familias que hacéis posible la Semana Santa de la capital riojana. Nada más y nada menos que más de cuatro mil personas. Queridos Cofrades, un año más, nuestra Semana Santa conseguirá brillar y lo hará gracias a vuestro esfuerzo. 

Hombres y mujeres que con sacrificio y duro trabajo conseguís transmitir al resto de nuestros vecinos y a los miles de visitantes que vendrán en los próximos días la emoción y la profunda espiritualidad que marcan cada Cuaresma y cada Semana Santa de vuestras vidas.

Un año más nosotros podremos disfrutar de la belleza de los pasos, de la emoción de la música y de la vivencia de los últimos e intensos días de vida de Jesús. Un recorrido de pasión que convertís en una profunda experiencia de oración y de encuentro con el Señor. A través del arte volcado en el rostro de Cristo, de su madre la Virgen y del resto de personajes que con gran belleza tallaron los maestros, hoy podemos contemplar este gran misterio.

Y eso es posible gracias al empeño y al tesón que ponéis día tras día cuando colaboráis de manera altruista con vuestras cofradías.  Todos sabemos que eso no es fácil, que implica un esfuerzo y que vosotros lo hacéis de corazón. Es justo recordar que, no solo durante los días de Pasión, vuestro trabajo contribuye a la conversión de los corazones.

Jesús es una prioridad en vuestras vidas y a lo largo del año, en muchas ocasiones, renunciáis a momentos con la familia o los amigos para estar en la cofradía, para preparar los pasos y para ensayar. El olor a cera e incienso es el perfume de vuestro día a día.

Escribiendo estas líneas he pensado mucho en vosotros, en vuestras vidas y en vuestras historias personales… He reflexionado sobre el por qué una persona decide entrar en una cofradía. Cuánto amor debe profesar a Dios, y también a su familia. Seguro que muchos de vosotros sois cofrades porque vuestros padres o vuestros abuelos lo fueron,…. Un legado que cultiváis y que hace que nuestra Semana Santa siga viva.

Y permítanme que como logroñesa de profundas raíces recuerde que la Semana Santa de Logroño, declarada de Interés Turístico Nacional hace dos años, no es cualquier cosa. No sé a ustedes, pero a mí me impresiona echar la vista atrás cerca de 500 años. Nuestra ciudad ya contaba en los siglos XVI y XVII con numerosas cofradías con sede en las iglesias que había en aquel momento y en los conventos de San Francisco y Valbuena. Es verdad que hasta finales del siglo XIX se pierde mucha documentación sobre nuestra Semana Santa, pero sabemos que aquellos logroñeses ya celebraban con fervor el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. El misterio fundamental de la fe cristiana.

Los años fueron pasando y después de la guerra civil comenzó a fraguarse en Logroño un profundo deseo de ordenar y organizar las procesiones para dotarlas de rigor y seriedad. Nace entonces en 1940 la Hermandad de Cofradías de la Pasión y el Santo Entierro, la que hoy conocemos como Hermandad de Cofradías de la Pasión de la ciudad de Logroño.

En todos estos años habéis vivido momentos duros pero habéis recorrido el camino con el firme propósito de devolver a la Semana Santa de Logroño todo su esplendor. Y lo habéis conseguido, para vuestro orgullo y para el de todos los riojanos. Estoy segura de que si seguís con este empeño llegarán muchas otras recompensas. Y llegarán gracias a vosotros, queridos cofrades, que tenéis la responsabilidad y también el privilegio de guardar semejante tesoro.

Hoy también conviene recordar que la fe es un don de Dios que debemos vivir en familia, en comunidad. Vosotros sois el ejemplo perfecto. En vuestras cofradías compartís vuestras penas y vuestras alegrías. Las cruces que el Señor pone en vuestra vida pesan menos gracias al apoyo de los cofrades. Y estos días vais a vivir de manera especial ese sentimiento de comunidad, pero también de encuentro personal con Dios. Independientemente de la labor que cada uno desempeñe en el desarrollo de la Semana Santa de Logroño. Organizando los actos previos, tocando el tambor o la corneta o vistiendo a los pequeños que saldrán en la procesión.

Me encantaría por un momento poder entrar en vuestro pensamiento, en vuestro corazón, para poder sentir lo que vosotros vivís. Permitidme que os diga que sois unos privilegiados. Acompañáis al Señor estos días. Debajo del paso y aguantando con devoción el peso, un peso repartido, porque es tarea de muchos. Y a esos  kilos hay que sumar además los que lleváis cada uno en vuestro corazón. Vuestras peticiones, anhelos y necesidades son puestas a los pies de la cruz, confiando en que la Virgen os preste algo de su serenidad, de su confianza en Dios.

Y estoy segura que el Señor recompensará todo vuestro esfuerzo, vuestros desvelos y vuestra dedicación a la Semana Santa de Logroño. Recibid hoy mi cariño y agradecimiento en nombre de todos los logroñeses.

Permítanme señores que mencione a todas y cada una de las once cofradías de Logroño: la de la Entrada de Jesús en Jerusalén, la de la Flagelación de Jesús, la de la Santa Cruz, la de Santa María Magdalena; la de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores, la de las Siete Palabras y del Silencio, la del Santo Cristo de las Ánimas, la del Descendimiento de Cristo; la de Nuestra Señora de la Piedad, la del Santo Sepulcro y la de Nuestra Señora la Virgen de la Soledad.

Todas sois comunidades de amor y por eso merecéis de corazón nuestra gratitud y nuestro reconocimiento. Y aquí públicamente quiero deciros hoy que contáis conmigo para lo que necesitéis.

Me cuentan que el cofrade siente entre otras muchas cosas que afianza su fe a cada paso que comparte en procesión con sus hermanos.

Entiendo que es una unión que comienza mucho antes y creo sinceramente que esa unión es la que debe existir entre todos los cristianos. Compartimos algo muy grande porque sabemos que Jesús, después de morir por nosotros, ha resucitado, nos ha salvado y nos muestra que hay vida después de la muerte. Y compartimos también algo que a nosotros nos hace especiales y muy grandes porque él muere y resucita por todos y cada uno de nosotros, por nuestra salvación y por nuestra vida eterna. Es sinceramente impresionante.

Jesús de Nazaret, el mismo Dios que encontró San Millán en tierras riojanas. El mismo que nos acompaña en los mejores y los peores momentos, el único que es capaz de amarnos por encima de todo y de estar a nuestro lado en las horas más cruciales e inquietantes de nuestros días.

Los cristianos nos dejamos llevar por nuestra fe y ese es el único camino que debemos seguir en las tardes silenciosas de la Semana Santa, marcados por el paso rítmico de los trabadores, sabiendo que Jesús está entre ellos. Sabiendo que Jesús está con nosotros.

Aprovechemos estos días para salir con fervor y abarrotar las calles de Logroño y aprovechemos para hacer algo que a todos nos hace falta. Manifestar públicamente nuestra fe. Estarán conmigo en que es algo que todos necesitamos de forma individual y también de manera colectiva y todos debemos hoy dar un paso más, cada uno desde el lugar que ocupa en la sociedad y comprometernos. La amenaza de acabar con los símbolos religiosos, con nuestras tradiciones y con nuestros valores es lamentablemente una realidad. Tenemos la obligación como cristianos de ser ejemplares y de dejar los complejos a un lado. Y de hacerlo de verdad y con firmeza. Sin lugar a dudas, estos días son una buena oportunidad para empezar. Les invito a que lo hagan. Les aseguro que es muy gratificante.

Estamos todavía en tiempo Cuaresma y espero que estas semanas nos hayan servido a todos para prepararnos para lo que vamos a vivir en los próximos días. El triunfo de la vida sobre la muerte.

El Papa Francisco nos ha pedido que reflexionemos y nos ha puesto como ejemplo la Palabra de Dios. En concreto, la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro. Es sencilla y directa. Y lo más importante: contiene la llave para encontrar la felicidad verdadera y la vida eterna. Solo necesitamos una conversión sincera y estamos a tiempo.

El Papa nos pide que recemos los unos por los otros y que sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Solo así podremos vivir con plenitud los días que tenemos por delante y dar un testimonio pleno de la alegría de la Pascua. Permítanme que recuerde que eso es precisamente lo que debemos hacer los cristianos.

Cuando el hombre rico y Lázaro llegan al más allá, el rico se da cuenta de que son iguales y descubre que los males de Lázaro encuentran consuelo en el cielo, mientras que él sufre y padece y sus bienes de la tierra no le sirven de nada frente a Dios. 

El culto a lo fácil, al dinero o a lo momentáneo son algunos de los males y de las tentaciones que vivimos hoy. Y a las puertas de la Semana Santa, conviene recordar que no conducen a lo importante; no dan la felicidad. Aprovechemos también estos días para revisar nuestros cimientos, para mirarnos por dentro y para hacer autocrítica. Aunque duela, aunque nos veamos imperfectos y vulnerables. Dios nos quiere y nos conoce y está dispuesto a perdonarnos y a poner en nuestro camino todo lo que sea necesario para ayudarnos a encontrar esa felicidad verdadera de la que les hablo. Su plan es perfecto para cada uno de nosotros. Solo tenemos que abrir el corazón.

Quisiera detenerme ahora en los momentos más importantes de la celebración de la Semana Santa, comenzando por el Domingo de Ramos.

Ese día viviremos la procesión más familiar, la preferida por los pequeños de la casa; la de los caramelos y la alegría. La de la luz. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que en Logroño acompaña una multitud con palmas y ramas de olivo. Recuerdo como si fuera ayer a mi madre, en la cocina de casa, preparando nuestros ramitos para asistir a la procesión. Hoy, con el mismo cuidado y la misma ilusión, sigue preparando los de sus nietos. Sigue siendo mi referente y mi ejemplo. Y pienso en el papel de la familia como otro de los grandes planes de Dios. La familia como punto de encuentro y como refugio. Como ejemplo de amor y de solidaridad infinita. Como centro de la educación cristiana y de la transmisión de nuestros valores de padres a hijos. Personalmente la mejor enseñanza que he recibido en mi casa es la de cultivar la fe. Por eso espero estar a la altura con mi hija y hacerle el mismo regalo que me hicieron a mí.

Cuando veo a ese Jesús cruzando glorioso las calles de Logroño siento que me hubiera encantado vivir aquel momento hace dos mil años. Imagínense lo que hubiera sido para un periodista de la época cubrirlo informativamente y anunciar su llegada… Sentir lo que aquellas gentes sintieron. Vivir, como ellos, la llegada de quien consideraban El Salvador. Esa sensación se disipa cuando me doy cuenta de que dos milenios después yo también puedo vivir la alegría y la esperanza que me da saber que Dios está conmigo y que, como periodista, puedo compartirlo hoy aquí con todos ustedes.

Cada vez que el Papa Francisco visita un país y lleva su mensaje de fe y esperanza a cualquier rincón del mundo no puedo evitar pensar en aquel Jesús triunfal entrando en Jerusalén. Francisco me recuerda mucho a él en su valentía, en su sencillez y en su humildad.

Jesús sabía perfectamente lo que le iba a pasar. Era consciente de la semana de Pasión que comenzaba en ese momento y por eso, a pesar de los glorias, las alabanzas y la alegría, lloró por su pueblo. Lloró por todos y por cada uno de nosotros.

El Lunes y el Martes Santo son, en mi opinión, días de reflexión sobre el dolor y la soledad que Jesús sufrió cuando sintió el rechazo de su pueblo. El vía crucis del Cautivo, el de la Flagelación y el Santo Rosario del Dolor son buenos instrumentos que nos ayudan a profundizar en esos días.

Es impresionante la angustia que debió de pasar Jesús sabiendo lo que tenía por delante, su camino de Pasión. Y me llama la atención cómo en su naturaleza humana sufre, siente miedo y, ante tal situación, como nosotros ahora, recurre al Padre. Trasladando este pasaje a la actualidad, pienso hoy en los miles de personas que se postran ante el Señor para pedirle que les ayude en sus propios Vía Crucis. El paro, la soledad, la enfermedad, el dolor…., Son muchos los males que nos rodean, pero siempre encontramos en Dios un consuelo, una esperanza, y también la fuerza suficiente para superar las cruces que llevamos cada uno y los caminos de pasión que tendremos que recorrer a lo largo de nuestras vidas. No quiero pasar por alto el sentimiento de profunda soledad que me transmite este pasaje. Jesús se aparta de sus discípulos para rezar en soledad ante Dios.

La soledad humana de Jesús me hace sentirlo muy cerca y acentúa el momento de oración y de unidad con el Padre. Seguro que estos días, a pesar de estar rodeados de muchas personas, cada uno de nosotros tendremos nuestro propio momento de soledad ante Dios y podremos contarle nuestros miedos y nuestras esperanzas.

Busquemos ese momento. También nos hace falta y muchas veces nos cuenta encontrarlo. La oración es el mejor alimento para el alma y un corazón sano se manifiesta, se deja ver y se nota en todo lo que hacemos.

Quiero apelar a la bondadosa intercesión de nuestra Señora del Rosario para que todo lo que pongamos estos días de Semana Santa en manos del Señor sea escuchado.

Me gustaría ahora dedicar mi atención al Vía Crucis. El camino a la cruz lo recorre Jesús en una situación antagónica a su llegada a Jerusalén. ¡Hay que ver cómo cambian las cosas! Si el pueblo le recibe con alabanzas, ahora le insulta, le escupe y se burla de él.

Ese pueblo hipócrita ha cambiado bien poco si lo comparamos con la sociedad actual y no hace falta además irse muy lejos. Lo vemos desgraciadamente muy cerca, lo leemos en los periódicos, lo vemos en la televisión y lo escuchamos en la radio, desgraciadamente, a diario.

En cuántas ocasiones nos hemos sentido injustamente tratados, humillados o ridiculizados en diferentes situaciones. Cuántas veces los cristianos tenemos que aguantar blasfemias, vejaciones por nuestras creencias, por expresar nuestras ideas y defender nuestros valores. Seguro que a muchos de ustedes también les ha pasado.

Pero, queridos amigos, no estamos solos. El Señor nos acompaña en nuestro propio Vía Crucis, como un Cirineo. Sostiene el peso del madero, alivia el roce de las heridas y nos ofrece un brazo amigo para apoyarnos, para evitar que volvamos a caer. Porque al igual que Jesús, nosotros también caemos. En nuestro camino por la vida sufrimos muchas caídas, a veces pensamos que son demasiadas, pero de todas aprendemos algo y en todas está Dios a nuestro lado. Aprendamos a verlo. Él nos mira siempre con la ternura de un Padre.

La Semana Santa de Logroño vive la emoción con mayúsculas el Miércoles Santo.

La limpieza y veneración del Santo Cristo del Sepulcro y la procesión del Encuentro son dos momentos que los logroñeses hemos fijado en nuestra memoria y que cada año nos dejan recuerdos imborrables.

Un año más, el Miércoles Santo por la mañana la Capilla de los Ángeles de la Concatedral de La Redonda volverá a albergar la que, en mi opinión, es la escena de la devoción por excelencia. Cientos de logroñeses esperarán con paciencia y fervor la apertura del Sepulcro para poder acariciar al Santo Cristo. Para encontrarse con él un año después.

Es una de esas experiencias que hay que vivir por lo menos una vez en la vida y no hace falta tener un exceso de sensibilidad porque cualquiera se emociona al contemplar la escena.

Las filas son interminables y el silencio impresiona. Así lo sienten, lo sentimos, los logroñeses. Mayores y jóvenes, hombres y mujeres y abuelas con sus nietos en brazos que esperan acercarse al Santo Cristo. Muchos para darle las gracias. Otros para pedirle ayuda.

Personalmente, el sonido que produce la apertura de la urna y el cuidado con el que se coloca la talla del Cristo sobre un pequeño altar me sobrecogen año tras año.

Las camareras, perfectamente organizadas, comienzan a limpiar con mimo, respeto y ternura al Cristo yacente y veo entonces a aquellas mujeres que amortajaron y embalsamaron a Jesús. La fe con la que ellas lo hicieron es la fe que veo en las mujeres de hoy. Esa fe que puede mover montañas. Puede sacar lo mejor de nosotros mismos y puede cambiar el mundo.

El sentido y el poder milagroso de la imagen del Cristo yacente es una realidad para los logroñeses. Y no puedo pasar por alto su importancia como una de las joyas de la ciudad que tenemos la oportunidad de contemplar en Semana Santa. La imagen donada en 1.964 por el Capitán Don Gabriel de Unsain es venerada desde entonces por multitud de logroñeses que le besan los pies, le acarician y depositan en él toda su confianza. Sin lugar a dudas, como les digo, uno de los momentos más entrañables e impresionantes de la Semana Santa logroñesa.

Y para impresionante, el Encuentro de la noche del Miércoles Santo. Un año más, el Nazareno saldrá de Santiago para encontrarse con su Madre y la Virgen Dolorosa saldrá desde la Concatedral de Santa María La Redonda para encontrarse con su hijo en el cruce de las Calles Portales y Once de Junio, bajo la atenta mirada de miles de logroñeses. Es quizá el momento que más me fascina de todos los que tenemos por delante. Personalmente, cada año me cuesta más contener la emoción.

No puedo evitar dirigir mi mirada a la Virgen. Ella era su madre y me es imposible imaginar cuánto dolor debió soportar, debió sentir, al ver a su hijo sufrir de esa manera.  Y al mismo tiempo, pienso también en las madres que hoy en día sufren por sus hijos. Ojalá encuentren consuelo en los brazos de nuestra madre del cielo, la Virgen María. En Logroño, nuestra Virgen Dolorosa. Como madre, que tengo la fortuna de ser, mis ojos se reflejan en los de María al ver a su hijo  sufrir y asistir impotente al sacrificio. Un momento de contemplación mutua, en el que madre e hijo se miran, hasta parece que bailan y en el que creo que la Virgen lo entendió todo. Un instante de complicidad absoluta, de amor infinito.

Desde que era muy pequeña la Virgen siempre me ha acompañado. Siempre ha estado a mi lado y siempre me ha resultado muy sencillo comunicarme con ella. Creo sinceramente que es un poder y una capacidad de escucha que sólo tienen las madres. Y al ver a la Dolorosa sufrir, en el centro de Logroño siento por ella una ternura indescriptible. Me cuesta encontrar las palabras para poder explicarles esta tarde esa sensación. Creo que algo parecido tiene que pasarnos a todos. Porque hay que vivirlo para poderlo sentir y aun así no se puede describir.

El amor de María por su hijo y por todos y cada uno de nosotros es un amor de esos casi de película. Un amor platónico, incondicional y abnegado.

Amar hasta que duela. Una frase sencilla pero directa de la Madre Teresa y con muchas interpretaciones. Siempre que pienso en ella, pienso en el amor de una Madre capaz de querernos y comprendernos hagamos lo que hagamos y ante cualquier situación. Una madre dispuesta a renunciar incluso a nosotros y a dejarnos ir. Una madre que espera. Bajo mi punto de vista, una madre que representa el amor sin límites.   

El Jueves Santo encontramos, tal vez, uno de los días de la Semana Santa donde la intimidad con Dios se hace más palpable. Les propongo que este año sea, por qué no, una jornada para reflexionar sobre el misterio de la pasión de Cristo. Siempre he pensado que se trata del día elegido por Dios para que todo comience. Varias procesiones en nuestra ciudad nos animan a profundizar en este misterio a través de la belleza y la solemnidad de sus pasos.

La Procesión de las Siete Palabras, Jesús Camino del Calvario, el Vía Crucis de Nuestra Señora de la Piedad y el Sagrado momento del Descendimiento de Cristo, recorren las calles de Logroño como imágenes concretas de un relato que nos deja grandes mensajes.

Ya solamente la última cena, por sí sola, es todo un compendio del mensaje de Cristo. Jesús recopila en esa escena llena de cotidianidad e incluso, si me lo permiten, trivial para sus discípulos en aquel momento, la esencia de su testamento vital. Vino para quedarse y desde entonces lo hará bajo la forma de la Eucaristía. Es Jesús quien real y personalmente está presente en el pan y el vino que el Sacerdote consagra.

Pensemos en ello. Si antes hablaba de la oración como un alimento para el alma, la comunión, bajo mi punto de vista, es el encuentro total con Dios. Tenemos la oportunidad de recibirle y de saciar con él todas nuestras necesidades. Debemos hacerlo alegres y agradecidos porque Jesús se ofrece, se entrega por todos nosotros.

Profundizar en el Jueves Santo es hacerlo también de nuevo en el amor, pero ahora en su sentido más espiritual. El mensaje de Jesús es claro, «amar al prójimo como a ti mismo», una frase universal tan llena de sencillez como de dificultad. Estarán conmigo en que entenderlo es muy fácil  pero es complicado llevarlo a cabo. Nos cuesta mucho. Pero no debemos olvidar que ese es el mejor resumen del cristiano, ser capaz de amar a los demás.

Y en este punto me gustaría dirigir mi pensamiento a los refugiados. Los datos de ACNUR muestran la gran dimensión de este fenómeno. Más de 65 millones de personas en el mundo huyen de sus países en busca de asilo. La guerra es el principal motivo. Y ahora recupero las palabras de Jesús, su mandamiento de amor y me pregunto: si me tocase a mí y a mi familia dejar mi casa, mi barrio, mis amigos, mi trabajo;, dejar todo atrás para buscar refugio en otro país ¿cómo me gustaría ser tratada? No se trata de buscar culpables, ni de achacar responsabilidades a nadie, sino de buscar en nuestro interior una respuesta. ¿Cómo debemos nosotros afrontar esta realidad como cristianos?

El Papa Francisco se ha referido en numerosas ocasiones a los refugiados. Nos ha invitado a que seamos cercanos a ellos, compartiendo sus temores y su incertidumbre sobre el futuro y aliviando concretamente su sufrimiento. Los apóstoles y los discípulos de Jesús debieron de sentir una soledad parecida y un miedo similar al perder a su maestro, al perder su referencia.

Pero no sólo debemos hablar de la figura del refugiado, sino también de un fenómeno más amplio y universal. La inmigración. Europa y Estados Unidos están viviendo un tiempo decisivo, que marcará su idiosincrasia como tierra de acogida. Todos tenemos derecho a luchar por alcanzar una vida mejor y las Leyes o la burocracia no deben impedir que veamos a esas personas como hermanos.

La acogida, la de verdad, empieza en cada uno de nosotros y lo que hagamos ahora es importante porque marcará el futuro y el porvenir de muchas personas que como ustedes y yo tienen derecho a una vida mejor. Merece la pena que estos días aprovechemos también para reflexionar sobre ello.

Y ahora quiero centrarme en otra escena de este Jueves Santo. El lavatorio de los pies. Jesús se arrodilla como gesto de humildad antes sus discípulos. Un acto que rompe los tabúes de aquella época y que si lo trasladamos a la actualidad llama a nuestras conciencias y nos anima a hacer lo mismo. El ser cristiano debe llevar implícito el servicio a los demás. La Iglesia, como madre, lleva ese acto por los cinco continentes. En este punto me gustaría resaltar la labor de Cáritas en España y de Manos Unidas en todo el mundo.

Personalmente percibo a ambas instituciones como las manos abiertas de Dios a través de la Iglesia. Las dos representan el compromiso de muchas personas de bien que luchan contra la injusticia, la pobreza, la marginación, el hambre, la exclusión social, la soledad, la desigualdad… y la verdad es que no terminaría nunca.

Pero tampoco quiero pasar por alto la entrega de muchos religiosos y religiosas a través de las instituciones educativas, hospitalarias y asistenciales. Una labor fundamental para el mantenimiento de los servicios elementales de nuestra sociedad.

Hace unos meses tuve personalmente el privilegio de entrevistar a quien ha sido el alma mater de la cocina económica de Logroño durante muchos años. Seguro que muchos de ustedes la recuerdan. Me refiero a Sor Josefa.

Les confieso que al charlar con ella su humanidad, su fortaleza y su misericordia me atraparon para siempre. Su mensaje me cautivó y su obra vista desde cerca me dejó sin palabras. En ese sencillo comedor que gracias a la solidaridad de muchos logroñeses abre sus puertas todos los días está también Dios. En las mesas, en los platos, en las cazuelas y también en esas manos que acogen, en la cercanía y en la mirada de quienes cocinan, sirven y acompañan a quienes cruzan su puerta todos los días.

Y termino esta reflexión sobre el servicio, acordándome de los seglares que colaboran con la sociedad a través del voluntariado. Una labor silenciosa pero de vital importancia para la persona que la recibe. Todos juntos son ejemplo de los mejores valores que puede desarrollar una sociedad. Y en medio de tanta incertidumbre conviene detenerse a pensarlo y ser optimistas. La labor de la Iglesia, muchas veces tan criticada y de miles de personas que trabajan por los demás todos los días en inmensa y el valor de  su servicio a la sociedad es sencillamente incalculable. Por eso debemos sacar pecho y sentirnos muy orgullosos de la comunidad a la que pertenecemos.

Hay un momento del Jueves Santo en el que también quisiera detenerme esta tarde. La oración del huerto de los olivos. Después de la última cena, Jesús está triste y angustiado y necesita rezar. Cuantas veces nos ocurre a nosotros lo mismo. No encontramos sentido a lo que nos pasa y nos faltan las fuerzas para seguir. Aprendamos a ver en esa agonía de Jesús el mensaje que nos da. Abrazar la cruz, la voluntad de Dios y la adversidad y ser perseverantes. Sin lugar a dudas, una auténtica lección de vida.

Después de esa oración, llegará el beso de Judas y el prendimiento. La traición y el engaño de uno de los suyos y la serenidad y la determinación de Jesús para entregarse. Había llegado la hora y veo en ese momento tinieblas, oscuridad, una noche cerrada.

El Viernes Santo es el quinto día de la Semana Santa y de madrugada, en Logroño, podemos contemplar el dolor y el silencio de Santa María Magdalena. La vemos sobre una alfombra de claveles rojos y alumbrada solo por la luz de dos faroles. La procesión de las penitentas, así la conocemos popularmente, en un paso sobrio pero refinado, que nos invita al recogimiento.

Como mujer quiero recordar hoy la figura de Santa María Magdalena, fuente de inspiración para muchas de nosotras en la actualidad en la Iglesia y también para dos místicas de referencia. «Jesús nos ha defendido en la persona de María Magdalena». Así lo dijo Santa Teresa de Jesús.

También se refirió a ella la Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila, que dijo haber recibido ayuda espiritual de la Magdalena. Confiemos también en ella como Discípula de Jesús. Estoy convencida de que le hará llegar todas nuestras plegarias.

El vía crucis al Cristo del Humilladero y el vía crucis y el traslado del Santo Cristo de las Ánimas son también absolutamente recomendables para vivir un Viernes Santo y de dolor pleno en Logroño.

En ambos veremos a Jesús arrastrando su cruz y aproximándose a la muerte. Imagino que ustedes sentirán lo mismo que yo en ese momento. Una necesidad imperiosa de ayudarle, de socorrerle y hasta de quitársela. De cargar con ella y de aliviarle. Me siento culpable y responsable de lo que le está pasando. Quiero que deje de sufrir y siento por otra parte un agradecimiento inmenso.

Esa cruz que arrastra Jesús y que pesa tanto lleva todos nuestros pecados. La soberbia, la envidia, la injusticia….

Es el momento de aliviar esa carga y hoy conviene recordar que estamos a tiempo y que debemos comenzar a ser mejores, en nuestro entorno, con los que tenemos más cerca. Muchas veces, aunque nos cueste reconocerlo, en nuestras propias casas.

Quiero llamar su atención en este punto sobre la realidad que viven millones de cristianos perseguidos y asesinados por sus creencias, todos los días, en el mundo. Les hablo de los mártires del siglo XXI. Aunque sea duro, nosotros aquí no podemos ignorarlo.

Es impresionante cómo su valentía y su fe les llevan a abrazar la cruz y a preferir la muerte antes de negar a Dios. Pienso sinceramente que muchos de nosotros no seríamos capaces de hacerlo.

Los datos son escalofriantes. El sectarismo y el fanatismo crecen en muchos lugares del mundo y parece no tener fin. Sus víctimas son millones de cristianos, muchos de ellos niños, que viven en lugares como Oriente Medio y numerosos países africanos. Una persecución sin sentido en escuelas católicas, universidades, hospitales, mercados o iglesias. Esos cristianos son las principales víctimas de la intolerancia religiosa y de terroristas que bajo la excusa de la religión buscan eliminar a quienes no piensan como ellos. Y eso es intolerable.

La mayoría de ustedes conocerán el caso de una mujer pakistaní, llamada Assia Bibi, que lleva cinco años confinada en una cárcel de su país a la espera de cumplir su condena a morir en la horca.

Ella ha dicho: “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por él».

Assia Bibi es el símbolo mundial de la lucha contra la llamada ‘ley de la blasfemia’, una de las formas más crueles y despiadadas de discriminación y persecución que sufren los cristianos en Pakistán, un país donde, por cierto, los cristianos apenas llegan al 2% de la población.

Pero lamentablemente Pakistán no es un caso aislado. Los cristianos que viven en Irak, Siria, Nigeria, Somalia, Corea del Norte, Sudán o Afganistán, entre otros, saben bien a lo que se enfrentan todos los días por no convertirse a otra religión y por amar a Dios por encima de todo.

Ejemplos que me trasladan a esa situación que debieron vivir los apóstoles tras la muerte de su maestro. Vivían con las puertas cerradas, habían enmudecido y tenían miedo de la venganza de los judíos, pensaban que los iban a encarcelar. Ellos se convertirían, aún sin saberlo,  en los primeros cristianos perseguidos de la historia.

Quiero poner en valor también, la labor de cientos de misioneros que se desplazan hasta muchos lugares en conflicto para anunciar el evangelio y acercar el mensaje de Jesús. Se juegan la vida y representan a la perfección la Misión de Jesús de Nazaret. Su obra en hospitales, escuelas y campos de refugiados, entre otros muchos, merece nuestro aliento y reconocimiento. Trabajando por los más desfavorecidos, especialmente mujeres y niños.

Pero no podemos olvidar que en nuestro país también los cristianos sufrimos ataques aunque de otro tipo. No podemos negar que existe un caldo de cultivo cada vez más denso y peligroso y que todo vale: Asaltos a capillas, profanaciones, la retirada de crucifijos y belenes de las aulas  y de muchas instituciones, poner en solfa cualquier tipo de acuerdo entre la Iglesia y el Estado. Se cuestiona absolutamente todo desde el patrimonio de la Iglesia hasta la aportación de los contribuyentes en la declaración de la renta. El último carnaval de Canarias y el ataque a nuestra Semana Santa han ofendido a miles de personas en nuestro país que asistimos a semejante espectáculo, a través de la televisión, con profunda tristeza. Vivimos en medio de un laicismo exacerbado que pretende acabar hasta con la emisión de la Misa de los domingos en la televisión, que siguen millones de personas. Especialmente enfermos y mayores.

El relativismo moral ha empapado gran parte de nuestra realidad, y lo hace además rodeado de cierto aire de modernidad, de tolerancia y hasta de libertad.

Los ataques a la religión católica, las ofensas a los cristianos o las caricaturas de nuestras tradiciones son el principio de la intolerancia religiosa. Respetar implica convivir, es decir, que las diferentes formas de entender la vida puedan expresarse con absoluta libertad. Libertad para educar a nuestros hijos, libertad para vivir de acuerdo a nuestros valores y libertad para poder reflejar públicamente nuestras creencias.

Por eso nosotros no podemos hacer como hizo Pilatos y lavarnos las manos, no debemos quedarnos tibios y tenemos que adquirir un mayor compromiso. Debemos hacerlo con valentía y firmeza. Tenemos que estar a la altura de las circunstancias y este es uno de los retos que tenemos por delante.

El Viernes Santo asistiremos en Logroño a la procesión más multitudinaria, majestuosa y espectacular en la que participáis todas las cofradías de la ciudad y en la que los logroñeses vivimos el sentido de la Semana Santa en una narración perfecta y llena de emoción. Para muchos es sencillamente imposible contener las lágrimas al contemplar la preciosidad de los pasos, ver pasar a la Virgen de la Soledad, observar la solemnidad de los cofrades y dejarse llevar por los silencios y por el sonido atronador de los tambores.  Así es nuestra procesión del Santo Entierro. Un derroche de emoción y de momentos únicos e irrepetibles año tras año.

Hay que estar en la Plaza del Mercado minutos antes del comienzo para vivirlo y para sentir lo que está a punto de ocurrir. Se percibe el esplendor del sentir religioso de la ciudad de Logroño, con todas sus cofradías en la calle. Un colorido impresionante. Cuesta centrar la mirada mientras cae la luz del día. La verdad es que la procesión del Santo Entierro en Logroño es el verdadero reflejo de un pueblo que 2.000 años después continúa su camino hacia la verdadera vida y que acompaña a Jesús en medio de tanta agonía.

Así lo sentimos los logroñeses que asistimos a la procesión de mayor tradición en nuestra ciudad. Hay constancia de su celebración desde el año 1.595. Y desde entonces hasta hoy el mensaje de este relato se mantiene vivo, generación tras generación.

La marcha se inicia y cada paso sigue el orden procesional establecido. Recorre las principales calles del Casco Antiguo y regresa a la Plaza del Mercado. Cada paso vuelve a su sede y cada cofrade a su casa. La procesión del Santo Entierro ha terminado.

Y el silencio de la noche se extiende hasta el tercer día como símbolo de la oscuridad de la muerte. Una noche  rota por el calor de la llama del cirio pascual que representa el triunfo de la vida sobre la muerte.

Y vuelvo ahora a retomar esa escena en Jerusalén, con los apóstoles escondidos y paralizados por el miedo. De repente reciben la visita de Jesús resucitado. Imagínense por un momento lo que tuvieron que sentir. Cuando se hace presente ante ellos, les infunde de nuevo el valor y la confianza en Dios. Les hace fuertes y con la ayuda del Espíritu Santo se lanzan al mundo a contar la buena noticia: Dios ha resucitado. Ese es el titular de mi exclusiva esta tarde. La mejor de las noticias. La que hace que todo cobre un verdadero sentido. El motor que debe impulsar nuestras vidas. Piensen en ello, cuando el domingo que viene, en la procesión, vean salir al Cristo resucitado del cementerio de Logroño.

El sepulcro vacío no es el final de la historia, sino el principio. Es ahí cuando nuestra religión cobra todo su valor. Jesús murió y resucitando rompió para siempre las cadenas de la muerte. También las de la suya y la mía.

Por eso ahora al mirar a la cruz debemos hacerlo con Esperanza. Esperanza para levantarnos cada día, para superar los baches y los problemas que nos encontramos en el camino y para afrontar el futuro con optimismo y con decisión.

Aprovechemos los días que tenemos por delante para abrir el corazón, para despertarnos del letargo y de la apatía que muchas veces vivimos y para renovarnos.

A mi cabeza vienen ahora aquellas frases hechas que escuchaba a mis abuelos y que me dejaron ahí como una enseñanza más de vida. Dios aprieta pero no ahoga y siempre hay que ver la luz al final del túnel.  Las guardaré conmigo y me acompañarán para siempre.

Termino ya señores pero antes les haré, esta tarde, una última confesión. Enfrentarme a este pregón ha sido un auténtico regalo que no olvidaré jamás. Y además ha sido un regalo compartido porque creo que también será inolvidable para las personas que más quiero. Mi familia y mis amigos. Muchos de vosotros me acompañáis hoy aquí.  Han sido muchos los momentos de meditación y reflexión y personalmente he vivido un encuentro con Dios que creo que necesitaba y que me hacía falta. Les aseguro que la semana santa de este año va a ser muy especial.

Excelentísimo y Reverendísimo señor Obispo, excelentísimo señor presidente, autoridades, miembros de la Hermandad de Cofradías de la pasión de la ciudad de Logroño, queridos cofrades, señoras y señores, les deseo de corazón, una feliz semana santa y una auténtica Pascua. Llena de luz y de alegría.

Gracias por su atención y buenas noches».

Ana Orúe Zabalo. Pregonera de la Semana Santa de Logroño.
6 de abril de 2017

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