De una hoja de cálculo de los años 80 a ChatGPT, Claude y Gemini, hay un trecho. Cuando el mundo no era mundo, al menos tal y como lo conocemos, hubo un boom en España y los ordenadores se democratizaron. Y como con cada invento, se creó un negocio nuevo: la venta de software. Era muy raro hablar de ello aún en los años 80, pero unas pocas empresas empezaron a coger la ola, y muchas se han caído por el camino tras fusiones, ventas o quiebras. No es el caso de SDi, una tecnológica familiar nacida en la Rioja en 1986, lejos de los lugares donde en España gusta imaginar que nacen las cosas modernas. Esta empresa ha vivido las 4 revoluciones digitales que se han producido desde ese momento. Después de haber atravesado Internet, el cloud, la movilidad de los móviles y portátiles y la Inteligencia Artificial, Marcos García, segunda generación de la empresa, sitúa la IA por encima de todas las revoluciones anteriores por una razón muy concreta: es la primera capaz de alterar, al mismo tiempo, prácticamente cualquier puesto de trabajo.
«Cada gran revolución tecnológica nos ha obligado a cuestionar cosas que parecían funcionar perfectamente. Las empresas que sobreviven son las que más rápido aprenden», sentencia. «Ha cambiado la forma de consumir tecnología. Hoy todo es más rápido, más accesible y conectado. Lo que no ha cambiado es la necesidad de tener información fiable para tomar buenas decisiones».
Según los últimos datos de UGT, más del 20 por ciento de las empresas españolas de más de 10 trabajadores usan Inteligencia Artificial, pero esa cifra asciende a casi el 60 por ciento cuando se habla de las grandes compañías. La informática transformó procesos. Internet alteró la comunicación y el acceso a la información. El cloud cambió la infraestructura. La IA, en cambio, entra en tareas administrativas, comerciales, técnicas, analíticas y directivas al mismo tiempo. No actúa siempre con la misma intensidad, pero sí obliga a revisar cómo se redacta, cómo se resume, cómo se responde, cómo se analiza y cómo se decide.
La adopción de la IA avanza más deprisa que la capacidad de muchas empresas para integrarla con criterio. Aún hay un margen importante en el tejido empresarial español para implantar la Inteligencia Artificial y, entre quienes se quedan fuera, pesan barreras muy concretas: falta de conocimientos, dudas legales y de privacidad y problemas de coste. García distingue rápido entre las empresas que la están integrando con sentido y las que la usan como una chapa brillante en la solapa. Las primeras empiezan por un problema, miden impacto y construyen casos de uso reales.Las segundas hacen pruebas, enseñan capturas y se quedan a vivir en la demo. «La diferencia entre unas y otras está en si saben qué quieren arreglar», afirma.
En esa capa del negocio, la tecnología pierde importancia. Marcos García califica como «absoluto» el valor del talento para una empresa. Reivindicar eso, desde una empresa construida en La Rioja, la comunidad autónoma con menos habitantes de España y con una cantera profesional más limitada que Madrid o Barcelona, puede implicar una contradicción. «Para nosotros ha sido una oportunidad», dice con calma. «Nos ha obligado a construir una propuesta de valor sólida, a ser más cercanos al cliente y a competir por lo que realmente importa». El CEO reitera la importancia de dejar de ver la localización como una limitación: «Durante mucho tiempo parecía que para hacer tecnología había que estar en Madrid, Barcelona o Silicon Valley. Nosotros hemos demostrado que se puede construir una compañía tecnológica competitiva desde cualquier lugar si tienes proyecto, cultura y ambición».
Sobre la atracción del talento de fuera, el empresario considera que La Rioja tiene cosas que cada vez valoran más los trabajadores: «Calidad de vida, estabilidad y cercanía». «Nuestro reto ha sido atraerlas por propósito y por proyecto». Esto no cambia con la llegada de la IA, aunque sí que supone un cambio de paradigma muy grande. La diferencia de la Inteligencia Artificial respecto a revoluciones anteriores como Internet o la nube está en el lugar que ocupa dentro de la empresa. Entra en otro nivel. Se mete en la ejecución misma del trabajo.
La IA no transforma únicamente un canal o una arquitectura tecnológica: toca tareas comunes a casi todos los puestos, desde los más operativos hasta los directivos. Esa es la razón por la que esta revolución se percibe de otra manera. Las anteriores obligaron a las empresas a adaptarse a una nueva infraestructura digital. Esta obliga a repensar la organización del trabajo. Ahí es donde entra la competitividad con las grandes empresas: «Los grandes fabricantes aportan plataformas extraordinarias. Pero las empresas siguen necesitando socios que entiendan su realidad, su sector y sus retos concretos. Ahí existe un enorme espacio para compañías con conocimiento, cercanía y capacidad de ejecución».


